Seduccion de este dia. Quiero saber si me miente

¿Te gustaría saber si alguien te está mintiendo?

Hace unos días, encontré en la Vanguardia un artículo muy detallado sobre este tema. Aquí os lo dejo, para quien le pueda interesar.😉

Aprender a detectar las mentiras (La Vanguardia. Redactado por Luis Muiño)

¿Es posible detectar las mentiras de modo fiable? Pues parece que aunque la tecnología y la psicología han avanzado, la posibilidad de acertar es baja. Una parte del problema radica en que estamos programados para creer las mentiras

La mentira ha sido siempre parte esencial de los manejos humanos y por eso aceptamos, sin escándalo, que fuera fácil engañar a los demás en otras épocas. Hasta fechas recientes, los datos eran prácticamente imposibles de comprobar, las afirmaciones no se hacían delante de las cámaras –por lo que no se podía hacer análisis del contenido o la forma de expresarlas– y las ciencias que analizan el embuste no estaban desarrolladas. Era relativamente fácil el éxito de mentirosos legendarios como el barón de Münchhausen.

Hoy en día, sin embargo, disponemos de muchos más medios de detección del fraude. Y confiamos en que los avances científicos nos lleven a ser capaces de distinguir cuándo nos dicen la verdad. Los medios de comunicación se han llenado de artículos con titulares del tipo de “Cómo saber cuándo nos mienten nuestros hijos” o “Decir la verdad en pareja es la mejor estrategia de comunicación”. Y la serie de televisión Lie to me, centrada en un equipo de investigadores que tiene la habilidad de leer y decodificar la comunicación no verbal de las personas, ha vuelto a poner de moda la idea de que existen métodos seguros para saber si los demás nos están intentando engañar.

Paul Ekman es uno de los científicos que se sitúan en ese polo optimista acerca de la moderna detección de la mentira. Este profesor jubilado de la Universidad de California, hijo de una mujer que padecía trastorno bipolar y que se suicidó durante la infancia del psicólogo, se convirtió en su madurez en un hombre famoso a raíz de sus publicaciones acerca del tema. Ekman afirma que podemos pillar a los mentirosos a partir de la comunicación no verbal, la que no depende de las palabras. Su hipótesis es que la ciencia puede llegar a descubrir las falsedades no por lo que las personas dicen, sino por cómo lo dicen: nuestros movimientos corporales, nuestros gestos y las inflexiones de voz traicionan nuestros embustes.

Un ejemplo: la falsa sonrisa, según él, se distingue porque no alzamos las mejillas ni acompañamos la expresión con los músculos de los párpados. Y aunque consigamos fingir bien y ser convincentes, se nos escaparán microgestos. Taparnos la boca (simbolizando que no somos nosotros los que hablamos); agitarnos mucho más en nuestros asientos de lo habitual; emitir una excesiva cantidad de gestos de indiferencia (como quitándole importancia a lo que estamos diciendo); contactar con nosotros mismos (el “toque nasal” con el que nos frotamos o apretamos la nariz, el “auto-abrazo” en el que el cuerpo se repliega sobre sí mismo o el “dibujo de labios” pasando el dedo alrededor de ellos) o excedernos (la excesiva cara de alegría que ponemos cuando vemos a alguien que no nos apetece saludar) son ejemplos de este tipo de comunicación no verbal fugaz que, según esta tesis, nos delata.

Basándose en teorías como las de Ekman, muchos científicos desarrollan en la actualidad métodos para analizar las mentiras ajenas. Stephen Porter, del laboratorio de Psicología Forense de la Universidad de Dalhousie, realizó por ejemplo un experimento en el que pidió a varios voluntarios que expresaran alegría ante una serie de imágenes, algunas de ellas perturbadoras. En el artículo en el que publicó los resultados (Identifying concealed and falsified emotions in universal facial expressions) afirmó que la cara delataba a las personas cuando expresaban un falso sentimiento. Señales sutiles como un parpadeo de ojos, un microgesto de asco o una frente sudorosa permitían distinguir, según él, cuando la persona estaba mintiendo.

La comunicación no verbal no es el único criterio que se analiza en este tipo de técnicas: el contenido del discurso sirve también, supuestamente, para detectar fraudes. En las últimas décadas, por ejemplo, se está perfeccionando un método conocido como CBCA, análisis de contenido basado en criterios. En principio, este método era usado para evaluar la credibilidad del testimonio infantil. Pero últimamente se ha extendido su uso para adultos. La hipótesis subyacente es que los seres humanos nos comunicamos de forma diferente cuando narramos algo que hemos visto o algo que nunca hemos presenciado y estamos inventando maliciosamente. En un caso estamos recordando, en otro fabulando: la verdad ya existe, sólo la falsedad tiene que inventarse. Y eso puede apreciarse en la forma de trasmitir el hecho.

Para dilucidar si un testimonio es verídico, el CBCA analiza 19 factores del contenido del discurso. Un ejemplo: cuando una persona miente, es más raro que añada detalles superfluos a lo que está contando. Alguien que inventa no se suele detener a describir cómo era la silla o cuánta gente había en el local, porque supone demasiado gasto de energía mental para una persona que tiene que crear lo que está contando. La misma idea está detrás de los otros factores: las personas que mienten no suelen hacer correcciones espontáneas de su propio testimonio, no suelen aludir a lo que sintieron mientras ocurrían los hechos, no suelen admitir que a veces no se acuerdan de algún detalle…

Cada vez hay más hipótesis e investigaciones sobre las falsas narraciones. Y, sin embargo, no parece muy claro que la detección de la mentira haya avanzado mucho en las últimas décadas. Por una parte, la vida pública sigue llena de mentirosos a los que no se desenmascara hasta que cometen errores garrafales (como George Psalmanazar) o deciden confesar (como la Monja Alférez). En las últimas décadas, los políticos han seguido engañando al sostener la existencia de armas de destrucción masiva o asegurando no haber tenido relaciones sexuales con su empleada semanas después de disfrutar de una felación.

Algunos maridos desconsolados han aparecido en televisión, asimismo, haciendo lacrimógenos llamamientos para encontrar pistas de sus mujeres desaparecidas después de asesinarlas. Y los tramposos siguen inventando y suplantando: desde el periodista italiano que fabrica entrevistas y publica en las redes sociales falsos fallecimientos de personajes famosos hasta la mujer que usó su supuestamente dramática historia (que incluía novio muerto en el 11-S con el que estaba a punto de casarse) para hacerse con la presidencia de la Red de Supervivientes del World Trade Center sin haber estado ni siquiera en Estados Unidos en esas fechas… ni tener, por supuesto, ningún novio en las Torres Gemelas.

Por otra parte, en la vida privada da la impresión de que tampoco ha mejorado nuestra capacidad de detección del fraude. Jaume Massip, profesor de la facultad de Psicología de la Universidad de Salamanca, escribió en el 2005 un artículo que titulaba: “¿Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo?”, en el que aseguraba que no hay evidencias de que tengamos capacidad para detectar al que miente. Sus análisis arrojan como resultado que la precisión humana para juzgar correctamente una declaración está en torno al 55%. Es decir: de cada cien afirmaciones de otras personas, acertamos 55 y fallamos 45. Viene a ser más o menos como si juzgáramos al azar.

Y es que los demás nos siguen engañando sin problemas porque sigue siendo difícil saber qué es mentir y continuamos teniendo muchas razones para cortocircuitar nuestros sensores de la honestidad. A pesar de los supuestos avances en la investigación, no está claro que sea posible saber siempre la verdad y, en realidad, tampoco es seguro que prefiramos que los que nos rodean no nos mientan nunca.

Respecto a lo primero, la detección fiable de la mentira es incompatible con la complejidad de los sentimientos humanos. Las técnicas más científicas se basan en un postulado: engañar crea unas emociones determinadas y decir la verdad, otras. La consecuencia sería, por ejemplo, que fabricar embustes nos crearía ansiedad y contar las cosas tal como sucedieron nos relajaría. Si fuera así, las técnicas serían cada vez más rigurosas, porque detectar el nerviosismo (y su consiguiente hiperactivación del sistema nervioso autónomo) es relativamente sencillo.

Pero la sentimentalidad humana es más compleja. Nos podemos sentir desasosegados contando la verdad y tranquilos mintiendo. Un ejemplo cotidiano: hay personas que parecen engañar a sus parejas cuando cuentan el tiempo de más que se han pasado en su oficina porque se sienten culpables por su falta de organización o por la poca asertividad demostrada para salir a la hora. Y, sin embargo, esos mismos individuos pueden inventar ficciones cómodamente para cubrirse las espaldas mientras están con un amante, porque en su fuero interno no creen estar engañando a su pareja.

Esta complejidad de sentimientos como la culpa o la vergüenza es, por ejemplo, la causa del fracaso del polígrafo, una herramienta que utiliza variables como el ritmo cardiaco y respiratorio o la presión arterial para detectar la supuesta ansiedad de los mentirosos. El problema de esta técnica es que un asesino de carácter psicopático y tranquilo, que no se sienta culpable por lo que ha hecho y que haya dormido bien el día anterior, tiene bastantes posibilidades de no ser detectado. Y, sin embargo, la pareja de la víctima, si se siente responsable de la muerte por no haberla protegido, lleva días sin descansar y establece una tensa relación con el investigador, es fácil que aparente ser culpable a la luz de los datos. De hecho, el psicólogo de la Universidad de Minnesota David Lykken afirma que, cuando se realizan pruebas en condiciones verdaderamente científicas, se llega a la conclusión de que alguien que dice la verdad tiene un 53% de posibilidades de quedar como un mentiroso ante el polígrafo, la máquina de la verdad.

La otra razón que dificulta la detección de la mentira es nuestra propia capacidad de autoengaño. Es lo que la psicóloga Maureen O’Sullivan, de la Universidad de San Francisco, llama “necesidad de creer a los que queremos”.

Por una parte, vivir en la continua sospecha sería muy tenso. En los experimentos que analiza el artículo de Massip, se evidencia que somos más eficaces a la hora de detectar la honestidad. Tendemos a dar por hecho que la otra persona no miente y por eso, cuando alguien nos dice la verdad, acertamos en un 60% de los casos. El problema lo tenemos cuando nos intentan colar gato por liebre: sólo nos percatamos en la mitad de los casos. Y está bien que sea así: nuestra forma de amar, admirar y seguir a determinadas personas incluye aceptar que nos engañen. Como afirmaba el escritor italiano Cesare Pavese, “el arte de vivir consiste en el arte de aprender a creer en las mentiras”. La necesidad de este mecanismo es muy clara si nos planteamos la “utopía de la verdad”: ¿Le gustaría saber en todo momento lo que de verdad piensan los demás de usted? ¿Cree que alguien resistiría estar a su lado si usted supiera siempre todo acerca de esa persona?

Para evitar esto, la mentira seguirá, probablemente, estando a salvo. Y, de hecho, los datos muestran una y otra vez que todos mentimos y que todos necesitamos creer que tenemos trucos para que los demás no nos engañen. Aunque la ficción invente personajes que saben siempre la verdad y aunque todos creamos tener trucos para detectar el embuste de los que tenemos cerca (esa mirada huidiza de nuestra pareja, ese gesto desplazado de nuestro hijo o esa rara conducta de evitación de nuestro jefe), las señales infalibles siguen sin encontrarse.

Nietzsche afirmó: “Lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que de ahora en adelante ya no podré creer en ti”. Quizás el objetivo final de los que desarrollan instrumentos para la detección de la mentira no sea tanto llegar a tener alarmas contra impostores, sino algo mucho más importante: ayudarnos a seguir creyendo que podemos confiar en los demás porque sabemos detectar sus embustes.

(Fuente original: Artículo completo aquí)

* * * * *

Si quieres leer más post de tu interés, puedes encontrarlos ordenados en la Guía de la Web.

3 pensamientos en “Seduccion de este dia. Quiero saber si me miente

  1. Hola violinista. Siempre te leo, pero nunca te escribo y hoy, por el momento en que ando, lo haré; espero puedas responderme😉

    Bueno, da que tengo enamorada, ya casi de 1 año y medio, nunca he sacado los pies del plato, ni nada parecido. Aunque hubo de vez en cuando una chica con la que hablaba en doble sentido o a otro nivel.

    Pero ahora, la prima de un amigo, la cual es menor que yo por 2 años, me empezó a generar “ganas” (por así llamarlas) y bueno, decidí intentar (claro está que sé que está mal poner los cuernos, que el mundo da vueltas y todo eso, pero en fin, decidí hacerlo)

    Comencé a hablarle en doble sentido y tratar de “desempolvar” las técnicas ya que voy casi 2 años sin flirtear debido a la novia que tengo.

    La cuestión es que hemos salido unas 3 veces. Dentro de ellas, hemos conversado y lograba dar avance, o eso creía, porque podía darle sin problemas de nalgadillas y a ella no le incomodaba (después de algún calentamiento) y cosas así.

    Hoy fui a su casa a hacer una torta con ella y mientas la preparaba la cogía de la cintura, me ponía detrás de ella, le di de nalgadillas una q otra vez cuando se agachó, me acerqué a su cuello para ver si le “daban cosquillas” (pero no la besé, por miedo tal vez o conciencia de mis actos), cada vez que la miraba a los ojos, ella se avergonzaba y dice q no puede mirarme, que a nadie puede ver a los ojos fijamente, etc.

    Y la cuestión es que cuando intenté besarla, primero me esquivo y luego, cuando estábamos jugueteando a hacernos cosquillas, le di un pico pero no se dejo.

    Me siento fastidiado, bastante incómodo. Supongo, es por no haber conseguido besarla a pesar de que pensé, estaba ya todo para “cerrar”.

    PD: Ella sabe que tengo enamorada, sabe quien es y todo y ella está con un tipo al cual ya no quiere, no siente nada por él y ya ni le habla, ni siquiera hola.

  2. La mentira es necesaria, y por lo tanto, buena. El problema no es la mentira en sí misma, sino el uso que se le da. Por ejemplo:

    Ella: ¿me veo gorda?

    Yo: no, te ves muy bien.

    Aquí no importa tanto si se miente o no, puesto que lo que realmente interesa es hacerla sentir bien. Pero supongamos que un hombre que ya sabes que no paga te pide prestado dinero. Lo mejor en éste caso es mentir, diciendo que no tienes o cualquier cosa puesto que él también te está mintiendo al decirte, “me prestas”, y no pretende devolvértelo.

    Lo anterior, es en cuanto al uso de la mentira, pero en cuanto a la detección, ya es otro asunto muy escabroso como para meterme en ello.

    ¡Saludos!

  3. Poeta-de-la-noche-triste, tu frase “La mentira es necesaria, y por lo tanto, buena“, mucha gente tendría opiniones muy diferentes sobre eso jeje. Como alguien la lea, se avecina debate😉

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