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He encontrado un artículo muy interesante que cuenta detalles de la vida del famoso seductor Casanova, y de una fiesta muy particular que celebran una vez al año en su honor. He recortado el artículo y he dejado lo que me parece más interesante para esta web de seducción. El artículo entero está aquí.
¿Sabíais que Casanova medía casi un metro noventa? Yo no…
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La noche del 31 de octubre al 1 de noviembre, hace una semana, un grupo de cinco o seis personas se reunía en Barcelona a celebrar algo muy distinto al Día de los Difuntos. Rememoraban, como cada año, la fuga de Giacomo Casanova de la prisión veneciana de Los Plomos, una noche sin luna de 1755. “Hacemos una pequeña ceremonia”, dice Marina Pino, con discreción. “Y comemos macarrones con mantequilla”. Es una referencia a uno de los trucos que usó para la fuga más comentada del siglo XVIII, de una cárcel hasta entonces -y desde entonces- inexpugnable.
En aquel episodio, el ingenio de Casanova ideó una manera de enviar al padre Balbi -recluso en otra celda y al que hizo cómplice de la evasión- un cerrojo de hierro con el que debería culminar desde fuera el butrón por el que ambos escaparían. Lo escondió en el lomo de una Biblia que debía devolverle, pero, como sobresalía unos centímetros, quiso disimularlo. Pidió a Lorenzo, el carcelero, dos grandes platos, preparó unos maccheroni con mucha mantequilla y queso parmesano. Quería enviar al clérigo el plato en agradecimiento por el préstamo, así es que lo puso cuidadosamente sobre la Biblia y le entregó ambas cosas a la vez. “Estaba seguro de que los ojos de Lorenzo se centrarían en la mantequilla por temor a derramarla sobre la Biblia, y de esta forma no tendría tiempo de mirar los extremos de las esquinas del volumen”, cuenta Casanova en sus memorias. Y así fue.
La leyenda de Casanova, siendo universal, es inferior al hombre Casanova. Aun cuando ese hombre no fue nadie importante, ni destacó en profesión alguna, ni acumuló riquezas o poder. Y es precisamente esa vida múltiple e inasible, asombrosa y a la vez casi vulgar, la que supera la simple idea del libertino y seductor veneciano con que se asocia su nombre hasta en el último rincón del mundo. Giacomo Casanova (1725-1798) fue primero persona, después personaje y luego una mezcla de los dos. “Digna o indigna, mi vida es mi materia, mi materia es mi vida”, establece en su autobiografía. Para resumir su existencia real hay que recurrir inevitablemente a las enumeraciones, muchas veces contradictorias. Fue violinista, poeta, seminarista, militar, jugador empedernido, mago, alquimista, cocreador de la lotería nacional de Francia, espía, agente financiero, escritor, filósofo, aparte de -por supuesto- libertino y mujeriego.
Era alto, medía casi un metro noventa, de ojos claros y nariz aguileña. Gustaba ir elegantemente vestido (muy aficionado a los encajes más delicados), con la peluca bien empolvada y con vistosas joyas. De un indiscutible atractivo, algo vanidoso, inteligente, de trato agradable y simpático, bromista, interesado más por la ciencia que por la ficción literaria (“no me gustan las novelas”, confiesa), pero siempre curioso por expandir sus conocimientos. Un descreído que simula saberes esotéricos, sin creer realmente en ellos. Es también un timador, sin escrúpulos a la hora de estafar a los que considera simples estúpidos. Un individuo capaz de salir airoso de las situaciones más apuradas, en las que suele meterse con frecuencia a sabiendas de riesgo. Buscándolo. Un auténtico aventurero.
Casanova se dedicó a vivir con intensidad hasta que la edad y el cambio de los tiempos lo fueron arrinconando y terminar como bibliotecario del conde de Waldstein, en Dux. Entonces, solo, amargado y sin perspectivas, convertido en una especie de bufón anacrónico en un palacio que ya casi nadie visita, decide poner sus vivencias por escrito. Lo hace como si las relatara a un auditorio incansable y ávido de sus palabras. Sus aventuras se suceden sin descanso y las páginas se leen como una trepidante serie de viñetas, a cual más asombrosa y desinhibida. Su descaro no se fija límites. Adora a las mujeres. A todo tipo de mujeres, ricas y pobres, sin importarle la edad y procedencia, siempre y cuando le resulten interesantes. Le gustan, sobre todo, las jóvenes inteligentes y con carácter. Se enamora sinceramente cientos de veces porque se resiste a llevarse a la cama a una mujer que no ame. Aunque ese amor no dure mucho y su resistencia al matrimonio sea su único dogma de fe. Comparándolo con la leyenda del otro gran seductor, el autor francés Philippe Sollers escribe en su libro Casanova l’admirable: “Don Juan es el volcán, Casanova el jardín”.
En el prólogo de la edición de Atalanta, Félix de Azúa señala las diferencias entre ambos personajes. “El veneciano es el anti-Don Juan, su contrario y enemigo. Allí donde el aristócrata sevillano, infectado por la teología, se muestra vengativo, psicópata, misógino y engañador, en ese mismo lugar luce el burgués veneciano cómplice de las mujeres, su secuaz y su salvador en más de una ocasión”.
Watzlawick fue discípulo de Gustav Gugitz, el más sanguinario de los casanovistas refutadores. “Las memorias de Casanova, como muchas de sus contemporáneos, son una mezcla de verdades y ficciones. De hecho, en 1850 se pensaba que Casanova no había existido en realidad sino que era el personaje de una novela de ficción.
Casanova International es el grupo con el que Watzlawick se reúne periódicamente en Venecia, en casa de un mecenas francés. Según él, los investigadores activos de Casanova son entre 20 y 40 en todo el mundo. “Hay dos tipos de casanovistas”, continúa Watzlawick. “Aquellos que intentan probar que todo lo que Casanova escribió es cierto -como el norteamericano J. Rives Childs (1893-1987) que reunió la mayor biblioteca casanoviana y creía a pie juntillas todo lo que decía Casanova- y los que, como Gugitz, trataron de probar que todo lo que escribió Casanova era falso. Para muchos de nosotros, la verdad está a medio camino de los dos”.








